The barefoot contessa
El hombre más importante en la vida de una mujer sin duda es su zapatero. Del buen pulso de esta relación depende nuestra dignidad física, nuestra economía y por supuesto nuestra felicidad.Hace años tuve un zapatero adorable en Goya; era un señorín enjuto y alto, de pelo blanco y gafitas caídas, una especie de Santa Claus flaquito. Durante seis años estuvimos muy unidos, pero como todas las relaciones del inmaduro periodo estudiantil, la nuestra estaba llamada a desaparecer.
Demasiado mayor para mí!!
Entonces, puse tierra de por medio, Barcelona; mi pequeña Natalia (es mi preciosa hermanina, y tiene el pelo rizado) me presentó al hombre que sin duda lo cambiaría todo. Su taller se encontraba justo al lado de casa en la calle Muntaner… vivimos unos meses tremendamente dulces, pero… tres son multitud ….
De nuevo en Madrid, fresca, reconciliada y amando la ciudad como nunca, caí en un verdadero donjuanismo; cada semana conocía a un nuevo zapatero, entusiasmada, le hacía creer que nuestra unión sería eterna…pero en sus ojos podía ver ya el reflejo de los de mi próximo amiguito…
Sin embargo, llevo más de un año con el mismo, en un derroche de armonía y estabilidad. Y es que nuestra relación funciona. Si le pidiera la luna me la bajaría, lleno de gozo. Sabe que le necesito, que confío en él y que es a mis sufridos zapatitos, como Fidias, a la estética clásica, con martillo y pegamento por cincel.
Ayer se me partió un tacón de cuajo y aproveché para recoger trescientos zapatos y un bolso. Al entrar en el taller, le sorprendo con una rubia, que muy ufana, hablaba y hablaba sobre su escueto y aburrido encargo (unas españolísimas sandalias veraniegas que, sin duda, dejan al descubierto sus terrenales pies).
Me aproximé al mostrador, consciente de mi poder....y el golpe maestro:
abro mi bolsa, y extraigo unos carísimos y moribundos zapatos marfil de L. Delgado, absolutamente fifties, destruidos por este mundo hostil, que resplandecieron como diamantes cegando a esa villana e inestética intrusa, devolviéndome todo el protagonismo que sin duda merezco.
No existe la que pueda interponerse entre nosotros.
Mi médico dice que si mi zapatero me quisiera realmente incineraría todos y cada uno de mis zapatitos, como terapia, porque dice que son como metástasis que se reproducen por toda la casa (actualmente cuelgan varios de las lámparas) y yo no me doy cuenta, pero que me están matando.
Libellés : Jergafasia





















